En 1948, Bernard Silver, estudiante de posgrado en el Instituto Drexel de Filadelfia, escuchó por casualidad la petición desesperada de un directivo de una cadena de alimentación: necesitaba una forma de capturar automáticamente la información de los productos en caja, para acabar con las interminables colas y el registro manual de precios. Silver compartió el reto con su amigo Norman Joseph Woodland, que quedó obsesionado con el problema hasta el punto de dejar su puesto como profesor universitario y mudarse al apartamento de su abuelo en Florida para dedicarse por completo a resolverlo.
La inspiración llegó, según el propio Woodland contaría años después, mientras descansaba en una playa de Miami. Recordó el código Morse que había aprendido de joven en los Boy Scouts, y empezó a dibujar puntos y rayas en la arena con los dedos. Al estirar esos puntos hacia abajo, descubrió que podía convertirlos en líneas verticales de distinto grosor — el germen exacto del código de barras que hoy vemos en cualquier producto del supermercado. Woodland y Silver presentaron la solicitud de patente el 20 de octubre de 1949, con un diseño inicial en forma de círculos concéntricos —el llamado "código de ojo de toro"—, y la patente se concedió finalmente el 7 de octubre de 1952.
Aquí está el giro que casi nunca se cuenta con la fuerza que merece: por esa idea, que hoy sostiene buena parte del comercio minorista mundial, Woodland y Silver vendieron su patente a la compañía Philco por apenas 15.000 dólares — que a su vez la revendió a RCA. Y el diseño circular original, el que dibujaron en la arena, resultó tener un defecto práctico serio: las impresoras de la época no eran capaces de imprimir el círculo sin que la tinta se corriera y emborronara la lectura en la mayoría de las orientaciones. El invento, técnicamente brillante, era comercialmente impracticable con la tecnología de impresión disponible.
Pasaron más de veinte años sin que la idea triunfara en el mercado real. RCA mantuvo los derechos hasta que la patente original caducó en 1969 — es decir, la patente expiró antes de que el código de barras llegara a tener éxito comercial en ningún formato. Fue solo después, con Woodland ya trabajando en IBM junto al ingeniero George Laurer, cuando resolvieron el problema de raíz: en vez del círculo concéntrico, diseñaron un código lineal que se imprimía en la misma dirección que las rayas, de forma que cualquier exceso de tinta simplemente hacía el código un poco más "alto", sin afectar a la lectura. El 3 de abril de 1973, ese diseño lineal de IBM fue seleccionado como el estándar oficial de la industria — casi 25 años después de aquel día en la playa de Miami, y varios años después de que la patente original ya no perteneciera a nadie.
Woodland recibió con el tiempo el reconocimiento que merecía —la Medalla Nacional de Tecnología de manos del presidente en 1992, su ingreso en el Salón de la Fama de los Inventores— pero el dinero real de la idea original nunca llegó a sus manos. La compañía que finalmente hizo triunfar el código de barras ni siquiera usó el diseño que él y Silver habían patentado y vendido por 15.000 dólares — usó una versión completamente rediseñada, años después, cuando la patente original ya era de dominio público.
El caso del código de barras no es solo una historia de generosidad mal recompensada como la de la insulina que vimos hace unos días — es un caso distinto y también revelador: a veces ni siquiera basta con tener la idea correcta en el momento correcto. Hace falta, además, que la tecnología del momento sea capaz de ejecutarla — y si esa ventana técnica no está lista todavía, ni la patente, ni la venta, ni el reconocimiento posterior sirven para capturar el valor que esa idea terminará generando, décadas después, en manos de otro.
Fuentes y nivel de confianza: La historia del origen en la playa, la fecha de patente (1949/1952), la venta a Philco por 15.000 dólares, la caducidad de la patente en 1969 y la adopción del estándar de IBM en 1973 están confirmadas de forma coincidente por Wikipedia, Noticias de la Ciencia (Amazings/NCYT), UBS Code y La Tienda de las Barras, con la cita directa de Woodland recogida originalmente por el New York Times en su obituario de 2012.
— La Forja Global
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