Según los últimos datos oficiales de composición de reservas de divisas del FMI (COFER), la participación del dólar en las reservas de los bancos centrales del mundo cayó de un 57,8% a finales de 2024 a un 56,92% a finales de septiembre de 2025 — el dato más reciente disponible. En paralelo, y esto es lo que de verdad llama la atención, el Consejo Mundial del Oro registró que las reservas de oro en manos de bancos centrales aumentaron en 863 toneladas durante 2025. El mayor comprador fue el Banco Nacional de Polonia, con 102 toneladas, seguido de Kazajistán (57 toneladas), Azerbaiyán (53), Brasil (43) y China (27).

El cambio que hay detrás de estas cifras no es tan sutil como parece a primera vista. En 2022, tras la invasión de Ucrania, Estados Unidos y sus aliados congelaron cerca de 300.000 millones de dólares en reservas internacionales del banco central ruso —un hecho ampliamente documentado y sin apenas discusión sobre si ocurrió—. Ese movimiento demostró algo que hasta entonces era más una posibilidad teórica que un hecho comprobado: que las reservas en dólares (o en cualquier divisa de un país aliado de Occidente) pueden ser bloqueadas por decisión política, mientras que el oro guardado físicamente en las bóvedas propias de un país no puede ser congelado de la misma forma por un tercero.

Esto importa especialmente a bancos centrales que, por la razón que sea, no confían en que su relación con Washington vaya a mantenerse estable indefinidamente — no solo Rusia, sino también países que buscan cubrirse ante cualquier escenario futuro de fricción geopolítica. El oro se ha convertido, en la práctica, en un activo de reserva "a prueba de sanciones", y eso explica por qué instituciones tan distintas entre sí —desde Polonia, aliado de la OTAN, hasta China— están comprando en la misma dirección al mismo tiempo, aunque sus motivos políticos sean completamente distintos.

Conviene ser precisos aquí: el dólar sigue siendo, con enorme diferencia, la principal moneda de reserva del planeta — no hay ninguna otra divisa cerca de sustituirlo como referencia global a corto o medio plazo. Lo que muestran estos datos no es un colapso del dólar, sino una diversificación gradual y sostenida: bancos centrales reduciendo, poco a poco, su dependencia de una sola divisa y de un solo sistema financiero, sin anunciarlo como una ruptura política, simplemente ajustando sus balances trimestre a trimestre.

El escenario más probable a corto plazo es que esta tendencia continúe de forma incremental: el dólar sigue perdiendo puntos porcentuales lentamente, el oro sigue ganando peso en las reservas, sin que ninguna divisa concreta —ni el euro, ni el yuan, ni ninguna otra— capture de forma clara ese espacio que el dólar va cediendo. Lo que sí merece vigilancia es si esa tendencia se acelera de forma notable en próximos datos trimestrales del FMI, o si aparece alguna alternativa de pago internacional que gane tracción real más allá de acuerdos bilaterales puntuales entre un par de países.

Para cualquiera que gestione ahorros o inversiones, la lectura práctica no es "el dólar se va a hundir" —eso no es lo que muestran los datos—, sino que el sistema monetario internacional se está reordenando de forma lenta pero consistente, y el oro ha recuperado un papel como activo refugio que llevaba años perdiendo protagonismo frente a otras inversiones.

Los datos de composición de reservas de este artículo vienen directamente de las estadísticas COFER del FMI, citadas y verificadas por El Economista con fecha de marzo de 2026. Las cifras de compras de oro por banco central corresponden al Consejo Mundial del Oro. El dato de la congelación de reservas rusas en 2022 es de dominio público y está ampliamente documentado por múltiples fuentes internacionales.

— La Forja Global

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