El 23 de enero de 1923, los investigadores canadienses Frederick Banting, Charles Best y James Collip recibieron la patente estadounidense de la insulina y del método para fabricarla — el tratamiento que acababan de descubrir en la Universidad de Toronto y que, por primera vez en la historia, convertía la diabetes tipo 1 de una sentencia de muerte casi segura en una enfermedad crónica manejable. En vez de quedarse con los derechos, los tres vendieron la patente a la propia universidad por un dólar cada uno. La intención, documentada en un memorando que los tres firmaron pocos días antes, era explícita: que nadie pudiera establecer un monopolio sobre el medicamento ni lucrarse en exceso con él. La Universidad de Toronto, a su vez, cedió el derecho de fabricación a la farmacéutica Eli Lilly, que en octubre de ese mismo año comenzó a distribuir la primera insulina comercial del mundo.

Aquí conviene detenerse en un matiz importante, porque incluso las mejores historias merecen que se les revise la letra pequeña: circula ampliamente la cita "la insulina no me pertenece, le pertenece al mundo", atribuida a Banting como explicación de por qué vendió la patente por un dólar. Según una verificación de Snopes, no existe evidencia real de que Banting dijera esa frase exacta — es una cita que se ha viralizado sin una fuente primaria que la respalde. Lo que sí está documentado, con memorando firmado incluido, es la intención real detrás de la venta: mantener el medicamento accesible, sin necesidad de una frase memorable para demostrarlo.

Lo que pasó después es donde este caso se convierte en algo más que una anécdota bonita de generosidad científica. Las farmacéuticas fueron introduciendo mejoras incrementales sobre la fórmula original a lo largo de las décadas siguientes — cambios reales en la formulación, pero también una estrategia que les permitió mantener la insulina protegida por nuevas patentes de forma casi ininterrumpida desde 1923. Las patentes de la insulina sintética moderna no expiraron hasta 2014, casi un siglo después del gesto original de "un dólar por cabeza". Cuando por fin llegaron las primeras versiones genéricas, los médicos las percibieron como tecnológicamente obsoletas frente a las versiones de marca más nuevas, y su comercialización nunca despegó con fuerza.

El resultado, hoy, es que el precio de la insulina en Estados Unidos ha subido más de un 1.200% desde 1996, alcanzando precios de hasta 275 dólares por vial en algunos casos — un medicamento cuyo coste real de producción se estima muy por debajo de los 10 dólares. Solo tres compañías —Eli Lilly, Sanofi y Novo Nordisk— controlan la práctica totalidad del mercado mundial de insulina, y para 2023, un siglo después de aquel dólar simbólico, la insulina seguía siendo uno de los productos más rentables de la historia de Eli Lilly.

El giro no es que la ciencia haya fallado — la insulina sigue salvando millones de vidas cada año exactamente como se pretendía en 1923. El giro es que una intención explícita de mantener algo accesible para siempre no sobrevivió, a escala de mercado, a un siglo de decisiones empresariales tomadas una por una, cada una defendible en su momento, que en conjunto terminaron reconstruyendo exactamente el monopolio que aquel dólar simbólico pretendía impedir.

Fuentes y nivel de confianza: La venta de la patente por un dólar cada uno, la fecha (23 de enero de 1923) y el memorando de intenciones están confirmados por Banting House National Historic Site (sitio histórico oficial) y T1International, además de múltiples fuentes médicas coincidentes. La cifra de aumento de precio (+1.200% desde 1996) y el coste real de producción están recogidos por Emprendedor y Excélsior, citando datos públicos de precios en EE.UU. La cita atribuida a Banting está marcada explícitamente como no verificada, según la comprobación de Snopes — no se presenta en este artículo como hecho confirmado.

— La Forja Global

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